27 feb 2006

Violet


Hoy me he cruzado por la escalera con la hija de mi casera. Es muy joven, adolescente pero tiene un cuerpo de verdadera mujer. Era de madrugada. En pleno silencio, escuché en el rellano unos tacones que se afanaban por retumbar demasiado. Miré atrás y era ella. Me hizo un gesto de guardar silencio. Olía a perfume y a alcohol. Sus ojos chispeaban en la penumbra. Llevaba una falta corta, botas hasta la rodilla y una blusa escotada y ceñida al pecho.Nunca me había fijado lo suficiente en ella. Sólo con saber que era hija de la repugnante casera me daba grima. Pero anoche, en la soledad de la escalera, su mirada cómplice y su descaro me excitaron. Le guiñé un ojo y ella me sonrió. Debo ser un depravado, fijarme en una menor, excitarme y demostrárselo. Eso no está bien. Eso dicen los que se privan de evidenciar el latente morbo que sienten.
De repente, por el portal aparece un muchacho. Signos evidentes de que el alcohol ya superaba a la sangre en sus venas. Agarra a la joven por el brazo y le increpa. Parece enfadado. Ella se zafa e intenta cerrarle la puerta. El joven sube el tono, la vuelve a agarrar, queriéndola sacar del portal. Ella sigue resistiéndose. Él insiste. Le chilla. Ella reacciona y le suelta un manotazo en la cara que le pone el flequillo al revés. El joven se queda estático. Su mejilla izquierda muestra una rojez creciente. Antes de que reaccione le vuelve a soltar otro manotazo. Esta vez la oreja sufre el impacto. A continuación le agarra de los pelos y sacude como a una marioneta. Cae al suelo y allí recibe su castigo final. Una patada con la punta de las botas en el estómago le persuade de que debe marcharse. Ella no parece inmutarse mucho. Lo ayuda a levantarse y sale disparado.
Me gusta aún más. Me gustan las chicas guerreras, las que tienen carácter y llevan la iniciativa. Empecé a imaginármela desnuda, tumbada en mi cama. Esperándome. Un portazo me despertó. Acababa de entrar en su casa. Me sacudí la cabeza.

Mientas me duchaba, pensé porque no podría ser ella la que viniera a cobrarme el alquiler y no la monstruosidad de su madre. Seguro que me convencería de pagar a tiempo. Los más oscuros pensamientos empezaron a brotarme. Mi mejor amiga, mylefthand, entró en juego.

Hoy tengo una nueva paciente. Se llama Violet. Y está pendiente de su próximo estreno: ULTRAVIOLET. Veremos que me cuenta.
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–¿Se puede doctor?
–Por favor, adelante. Tome asiento.
Es joven, guapa, delgada y alta. Lleva un traje encuerado, futurista y ceñido. Unas gafas traslúcidas y una larga melena negra. Suelta una enorme espada en el suelo.
–Verá doctor. Odio a los vampiros. Los odio a muerte. No tengo suficiente con los que me han puesto en la película. Necesito más. Me generan una mezcla de repugnancia y odio. Me hierve la sangre cuando veo uno. No puedo parar hasta que lo aniquilo. Además, creo que están por todas partes.
Se la ve nerviosa, tensa. Sus músculos, muy marcados, parecen agarrotados, su mirada intensa en unos ojos bellísimos delata histrionismo agudo.
–Señorita Violet. Necesita tranquilizarse. Su papel es de verdadera heroína del futuro, requiere valor y mucha acción, pero intente controlarse. Ya ha terminado de rodar, así que puede serenarse, ya no le van a atacar más vampiros.
Sólo el hecho de pronunciarlo, le ha provocado un sobresalto. Ha alargado la mano para blandir la espada.
–Creo que se encuentra algo estresada. Debe buscar alguna actividad que canalice esa tensión y la libere. ¿Ha probado a darse un baño de burbujas? Le vendría bien.
–Verá doctor. No sé que me pasa. Veo el peligro escondido detrás de cada esquina. Creo que me van a aparecer en cualquier momento. Si me meto en una bañera tendré que poner mi espada a mano. No lo puedo evitar.
–Bien. Su caso es grave. Quizá necesite un tratamiento fuerte. ¿Está dispuesta a ser hipnotizada?
–Claro doctor. Estoy desesperada. Haré lo que me diga.
No tengo ni puta idea de hipnotizar, pero cuando lo he intentado, los pacientes se sienten bien. Al menos probaré de nuevo.
–Túmbese señorita Violet. Intente liberar su mente.
Mientras, me pongo un whisky urgente. De un trago. Cojo el tapón de la botella, dorado y brillante y lo utilizo a modo de péndulo.
–Mire fijamente esto. No deje de mirarlo. Su respiración se va haciendo más y más profunda. Sus pulmones se llenan y expiran completamente. Sus brazos pesan. Sus piernas pesan. Los dedos se aflojan. Respire profundo. Cada vez más despacio. Su cuerpo lo nota pesado. Cierre los ojos ya. Sus párpados también pesan. Poco a poco va entrando en un estado de letargo. Su respiración es lenta. Tome aire y suelte aire.
Piense en mí. De repente mis ojos se vuelven rojos. Mis colmillos han crecido y mis uñas son largas y afiladas. No intento hacerle nada. Solo acariciarla –le toco el cuello y ella no se inmuta–. Su piel se pone de gallina. Sigo rozándole el cuello, de un lado a otro. Le aparto la melena y me acerco a él. Respiro sobre él, siento su calor. Mi nariz roza su piel, mi respiración la envuelve. No le hago nada. No tengo intención de hacerle daño. Mis uñas se recogen, mis colmillos desaparecen y el rojo de mis ojos se apaga. Puede ir despertando. Poco a poco. Sin dejar de respirar con profundidad. Mueva un brazo. Ahora otro. Míreme.
Ella se incorpora, tranquila. Me sonríe y me da un fuerte abrazo. Sus pechos se aplastan contra mí. Son duros. Sus ojos se humedecen.
–Doctor. No tengo palabras. Simplemente gracias. Me ha hecho sentirme bien. Me encuentro tranquila.
–Bien pero no abandone el tratamiento. Ya sabe, baños de burbujas, sauna. Tómese unos días de descanso. Vaya a algún lugar lejano y desconecte. Si vuelve a tener síntomas se pasa por aquí. Si le parece.
–No lo dude doctor. Gracias de nuevo.
Su mirada felina se ha vuelto más femenina. Se marcha y no puedo evitar mirarle el culo. Duro. Prieto. Antes de cerrar la puerta tras de sí, se gira y se vuelve. Tiemblo. Se acerca y se agacha. Cierro los ojos. Abro los ojos. Coge su espada y se marcha.
–Se me olvidaba, doctor.
–Suerte Violet.
Necesito beber hasta que dejen de temblar las piernas. Momentos de tensión en el diván. O me degollaba mientras la hipnotizaba o me tiraba encima lamiéndola. Por fortuna ha salido todo bien. He mantenido el tipo.

25 feb 2006

¿Qué estoy haciendo?


¿Qué estoy haciendo? Me pregunto cuando el Jinete del Resplandor me pasa una patata caliente en forma de MEME. No suelo caer fácilmente pero no puedo rechazarlo. Ahí va:


- Cinco lugares donde morir felizmente:
1. En el plató de un rodaje porno.
2. En el séptimo cielo.
3. En un almacén de Macallan.
4. En un museo de cera.
5. En una película.

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- Cinco series de televisión:
1. Kojak.
2. El superhéroe americano.
3. V.
4. The Monsters.
5. Falcon Crest.

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- Cinco películas inolvidables:
1. 2001, a space odissey.
2. Vertigo.
3. The Stranger.
4. Taxi Driver.
5. Double Indemnity.

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- Cinco libros imprescindibles:
1. Adiós, muñeca.
2. Las aventuras de Sherlock Holmes.
3. La sombra del viento.
4. Leviatán.
5. El tercer hombre.

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-Cinco canciones inmortales:
1. Compulsion.
2. Somebody on my mind.
3. Take five.
4. Crazeology.
5. Kind of blue.

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- Cinco trabajos interesantes:
1. Catador de whisky reserva.
2. Guionista de cine porno.
3. Detective privado.
4. Gigoló.
5. Proyeccionista en Bollywood.

- Cinco personas que deben continuar:
1. Toni (mambanegra)
2. Mentenferma (catarsis)
3. Barry Collins (los 5000 dedos del dr. T)
4. A pesar de mi
5. El cronicón cinéfilo

He cumplido y espero que no se repita. Necesito un whisky ya. O mejor, dos. No. Mejor una botella. Te debo una, jinete.

20 feb 2006

Robert Langdon


Anoche cogí una cogorza de miedo. No abusé del whisky más que de costumbre pero me la metieron bien y me pusieron de garrafón. Para cuando me percaté ya estaba con la lengua como cartón mojado y la mandíbula empezaba a descolgarse. Regresé andando como pude, dando tumbos, esquivando farolas y transeúntes. Siseante caminar bajo una lluvia intensa que añadía más emoción a mi desequilibrado paso. Mojado hasta las pantorrillas y con la vista borrosa, apenas avanzaba. Noté una cierta flojedad en mis rodillas, me temblaron y caí de bruces en un profundo charco que me estaba esperando con los brazos abiertos. Gateando llegué hasta una escalinata, me incorporé y subí hasta una gran puerta de madera entreabierta. Busqué refugio.
Estaba oscuro. Olía a cera quemada, a humedad y tenía muchos bancos dispuestos alineadamente. Al fondo, un altar resaltaba en la penumbra. Todo apuntaba a una iglesia pero no tenía esa certeza. Aunque no podía tenerla de nada. Todo daba vueltas, rotaba y giraba sobre mi cabeza como un tíovivo. Estaba solitaria, silenciosa. Me tumbé sobre un banco y respiré hondo. Cerré los ojos.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que los abrí de nuevo, pero me encontraba tumbado en un camastro, arropado con una vieja manta haraposa en una lúgubre habitación. Tan escueta en su decoración como poco acojedora. Un enorme crucifijo presidía las vacías paredes. La puerta crujió y un loco vestido de negro, pálido como un muerto entró sonriente. Sus ojillos negros brillaban en la oscuridad como los de un gato.
-¿Dónde coño estoy? ¿Quién eres?
- No blasfemes hermano. Esto es la casa de Dios. Ayudo al párroco, a cambio de este humilde alojamiento y algo de alimento.
Tenía una sonrisa viciosa dibujada en sus blancas mejillas. No me gustó nada.
- Descanse tranquilo.
- Apártese.
Intentó impedírmelo y tuve que atizarle. Era flacucho pero duro. No se inmutó. Su sonrisa no se borraba. Seguía mirándome, enseñándome sus dientes y con esa maldita y sucia mueca. Me agarró los brazos con fuerza para cerrar la puerta tras de sí.
- Lo siento amigo -le dije mirándole fijamente. Se acabó el juego. Y que Dios me perdone.
Le solté una patada allí donde se juntan las piernas con el tronco y un quejido sordo le dejó noqueado unos segundos. Lo suficiente para salir por piernas, pasé por el altar y salté entre los bancos buscando la puerta por donde entré. Sus pasos retumbaban detrás. La salida parecía bloqueada. Le hundí mi hombro y los goznes del portón cedieron. Caí rodando por la escalinata. No miré atrás, seguí con paso firme. Estaba amaneciendo. La lluvia había cesado.

Llaman al timbre. Hoy tengo cita con un nuevo paciente: Robert Langdon.
-¡Adelante! Póngase cómodo Mr. Langdon.
-Gracias doctor.
Lleva traje oscuro, aspecto atildado y una mirada serena.
-Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?
-Verá doctor: resulta que, como bien sabrá, el estreno mundial de El código da Vinci en la gran pantalla se aproxima, y las críticas por parte de un sector de la Iglesia están aumentando. Siento que, conforme se acerca el debut en Cannes, las voces aumentan su tono señalándome como un proscrito. Se está generando una polémica creciente que me preocupa. ¿Cree que le afectará a la película? ¿conseguirán disuadir a muchos espectadores de ir a verla? Es que como es mi primer film, me preocupa, como entenderá. Y, además, que esa fuerte discrepancia venga de la Iglesia, contra la que no tengo nada, puesto que soy un estudioso de su simbología y, por tanto, buen conocedor de la historia de la religión católica.
-Mr. Langdon, cuando la novela hizo su aparición, alcanzó un éxito rápido y de gran repercusión mediática en todo el mundo. Hasta el momento 35 millones de ejemplares se han vendido y lleva muchos meses encabezando las listas de best-sellers. Esta polémica, junto a la de la calidad literaria de la misma, aparecieron y dieron mucho que hablar. Consiguiendo que se siguiera vendiendo y alcanzando una auténtica revolución editorial. Descubrió al gran público, con sus aventuras, ese aspecto oscuro, inquietante y sugerente de las sociedades secretas, con sus símbolos, claves ocultas y tesoros secretos. Ese sector de la Iglesia que se ve directamente señalado en la historia de su película se cree ensuciada por la visión que, de ella, se muestra. Es pura ficción y aunque intenten limpiar su imagen y alejarse de ella, intentarán convulsionar las almas de los buenos católicos para convencerles de que no acudan a ver la película. Sólo que la expectación generada es creciente en la misma medida. Si la repercusión editorial fue gigante, con una película se alcanza una cota inconmensurable. Por ello la crítica. Pero no tema, señor Langdon, no es usted un pérfido. Le auguro un gran éxito. Tiene su película todos los ingredientes para convertirse en un taquillazo seguro. Las polémicas avivan la venta de entradas y ese sector de la Iglesia que alza la voz, no podrá detener al público de hoy.
-Gracias, doctor. Sus palabras me alientan y reconfortan.
-De nada. Incluso, le diré más: intuyo que repetirá en la gran pantalla. Una nueva saga danbrowniana aterrizará en las salas de cine. Mucha suerte, Mr. Langdon.
Se levanta despacio y me saluda cortés. Se me queda mirando unos segundos.
-Si necesita alguna vez de mi ayuda para desenmascarar algún mensaje oculto o un símbolo extraño, no dude en acudir a mí. Lo ayudaré de buen grado.
Aunque sea ficción, no está mal ofrecer un poco de luz sobre oscuros episodios de la Iglesia. Ahora se enfrentan a un nuevo capítulo en su dilatada defensa de su particular visión del mundo. Esto me hace reflexionar sobre la necesidad de abrir bien los ojos cuando entras en una iglesia. Menos mal que anoche los abrí justo a tiempo.

16 feb 2006

V for Vendetta


Esta mañana no he podido dormir. Normalmente no suelo moverme de la cama o el sofá recuperándome de la resaca nocturna, pero hoy tenía un fuerte insomnio que me ha obligado a tirarme a la calle buscando aire fresco. Hacía tiempo que no veía la ciudad de día y maldita la hora que la he visto.
Caminaba por un parque céntrico, viendo los pájaros revolotear y escuchando el roce del viento sobre las hojas de los árboles. Todo era tranquilidad, quietud, paz... algo que no me gusta. Necesito ruido, oscuridad, humo y gente. Pero hoy era un día de esos atípicos que te empujan a romper la cotidianeidad. El parque rezumaba aire invernal, una ligera lluvia humedecía el suelo, pero esa tranquilidad se rompió de repente.
Un enorme estruendo espantó a cientos de palomas que volaban aceleradas y desconcertadas. Un cañozado retumbó seco. No sabía muy bien de dónde venía el sonido, miré a todas partes pero no vi nada. Corrí hacia una valla próxima que delimita el perímetro del parque y me asomé entre las densas ramas que la ocultaban. Mucha gente corría despavorida. Jóvenes en su mayoría que convertían la avenida en un campo de estampida masiva. Acerté a distinguir luces azules girando. Policía. Disparaban.
Algunos caían y erran arrollados por la masa. Sirenas, gritos, la lluvia empezaba a caer con fuerza. Los antidisturbios, armados, estaba repartiendo leña entre los más avezados y valientes que se les encaraban. Recibían una dura paliza. Uno de ellos ni siquiera se movía del suelo y estaba cobrando de lo lindo. El escudo de un policía estaba salpicado de sangre. Los jóvenes gritaban y hacían aspavientos con los brazos. De repente, una joven se puso de rodillas y abrió sus brazos en cruz, estaba quieta, callada. Todos la miraban asutados. La alcanzaron con un proyectil disuasorio como lo llaman. Un bolazo de goma que le golpeó el costado y quedó tendida. Salté la valla como pude y me puse el traje de héroe. Estúpido de mi. La muchacha no se movía. Estaba tendida. Me acerqué y la sujeté en brazos. Parecía que no respiraba. Sus labios temblaban ligeramente. Algunos me hacían señales de que me fuera corriendo. La levanté como pude y la arrastré unos metros. Entre dos coches aparcados con las lunas estalladas la tumbé y comprobé que respiraba con dificultad. Me agarró del brazo y en un esfuerzo por hablar me dijo:
- Que se jodan. Si me muero que caiga sobre ellos la culpa. Que todos se levanten y pidan justicia.
Su voz sonó vengativa, en pleno dolor, seguía defendiendo no sé muy bien el qué. El resto de sus palabras se trababan, eran confusas. Sólo pude decirle: ¡Aguanta!
Me acordé de "V", que me llamó el día anterior para cancelar su visita a mi gabinete.
Es de esas mañanas que uno querría haber estado donde suele estar.

4 feb 2006

Indiana Jones


Estoy saboreando el mejor whisky del mundo. Macallan, un auténtico escocés de malta de 12 años. Un placer para los sentidos. Por su aroma, su color y su sabor únicos, se puede considerar un tesoro. También por lo que me costó conseguirlo.

Anoche me encontraba en un bar exclusivo, de esos de refinada decoración, todo en madera, ambiente selecto, camareros con pajarita. El templo del buen bebedor. Sólo sirven los mejores alcoholes, a precio de oro claro. Siempre había sido rehacio a entrar pero decidí hacer una parada y concederme un pequeño lujo.
Acodado en la barra, jugueteaba con el vaso ancho que brillaba deslumbrante y dejaba que su dorado contenido iluminara mi rincón. De repente un estruendo, como una explosión provocó un susto general de enormes dimensiones. Todos los presentes se lanzaron al suelo, yo me dejé caer bajo el taburete. Un autobús en llamas acababa de atravesar la cristalera de entrada y se había quedado aparcado en el centro del local. Entre el desconcierto, algunos corrían, otros gritaban, el camarero cogío un telefóno y salió en busca de auxilio. Aproveché el despiste y repté hasta el interior de la barra, me encalomé a la estantería y agarré dos botellas de Macallan. Una a cada bolsillo. Las luces empezaban a parpadear, cristales rotos, algunas llamas y el sistema contraincencios saltó y empezó a llover. Imposible salir por la puerta, el autobús destrozado y vació ocupaba todo el paso hasta la entrada. Corrí hacia el fondo y entre el aseo masculino. Encajé la puerta y vi una salida. La única posible. Una ventana alta y pequeña pero suficientemente ancha para salir. Trepé como pude sobre el lavabo y se abrió. Daba a un oscuro callejón lleno de cajas de refrescos y basura. Una nueva explosión y más gritos. No había otra opción. Golpeaban la puerta. Metí el tronco y me quedé atrapado medio colgando. Las dos botellas en mis bolsillos obstruían la salida de mi cadera. Tuve que soltar lastre. Escuché cristales romperse. Lástima. La otra botella la puse entre mis piernas y me dejé caer.
Durante unos segundos me quede casi inconsciente, aturdido e inmóvil. Un fétido y penetrante olor me provocó una náusea que me resucitó al instante. Estaba hundido entre bolsas de basura. Mi espalda sufrió la peor parte. Me costó incorporarme pero pude salir caminando con mi tesoro.

Su penetrante sabor me repone a cada sorbo. Miles me acompaña con "Birth of a Leather". Ya está aquí mi nuevo paciente.
-¿Se puede doctor?
-Adelante, tome asiento.
Indiana Jones, nada menos. Con su sombrero y su látigo y un olor a arena y polvo. Algo más reposado y arrugado pero con el mismo porte con el que le recuerdo.
- ¿A qué debo su inesperada visita, profesor Jones?
-Mire doctor. Llevo demasiado tiempo esperando mi regreso y, francamente, me estoy desesperando un poco. Tengo algo de ansiedad, muchos comentarios pero no llega el momento. Pasan los años y cuando se decidan a ponerme en marcha no sé si estaré a la altura.
-Profesor Jones. Según mis informaciones (recuerdo que White Chocolate me contó algo recientemente) el guión de su cuarta entrega está terminado, el primer script es una realidad. Eso ya es un avance importante. Parece que las desavenencias entre Lucas y Spielberg por los pequeños detalles están ralentizando el comienzo de la preproducción. Pero me consta que en sus agendas tienen previsto comenzar el rodaje este mismo año. Sus nuevas aventuras regreserán pronto.
-Eso me tranquiliza doctor. Sus palabras parecen más creíbles que los rumores que corren. Pero como se demore mucho el comienzo del rodaje, voy a hacer el ridículo. Después querrán que monte a caballo, corra, salte de un precipicio y todo como hace ya muchos años. Y uno tiene ya una edad.
-Si, es cierto. Pero usted es nada menos que Indiana Jones. No hay aventura que se le resista. Sus seguidores están dispuestos a seguirle a cualquier precio. Seguro que le mimarán y los productores no se lo pondrán demasiado difícil. No tema. Su regreso es inminente. Cuando Spielberg vea como se queda sin su Oscar este año, a buen seguro que visita de inmediato a Lucas para ponerse manos a la obra. Tengo la certeza de que este mismo verano tendremos noticias a bombo y platillo de su cuarta aparición en la pantalla grande.
-Gracias doctor. Sus palabras me alivian y convencen. Le dejo a solas con su botella.
-¡Suerte!
Parece mentira, pero un whisky tan bueno no marea. Aún me quedan un par de copas para comprobarlo.

31 ene 2006

Bettie Page


Anoche sufrí una especie de embrujo. Como una de tantas correrías nocturnas, empezó sin decidirlo y acabó sin pensarlo. Simplemente me abandoné a la aventura. Deambulé sin rumbo, una copa aquí, otra allá. No me gusta la asiduidad de los bares nocturnos, sus camareros enseguida creen que te conocen y te sirven sin preguntar con media sonrisa cómplice. Los odio. Me gusta que me pregunten, que pasen el paño limpio en mi trozo de barra, que tomen interés, un protocolo previo. Sin preguntas. Sólo servir en condiciones. Por eso no suelo frecuentar más de dos veces consecutivas un mismo bar nocturno.
Acabé entrando en un antro bastante grande, a juzgar por el enorme neón que atraía hipnóticamente a noctámbulos despistados como yo. Había incluso aglomeración en la entrada, así que supuse que debía estar muy ambientado el interior.
A veces entre la multitud encuentras un rincón solitario y aislado donde poder beber y mirar alrededor sin más pretensiones. Me encontré un estruendo de gente hablando, riendo, bebiendo, música envolvente. Poca luz, centelleante. Demasiados hombres. Las escasas mujeres eran las camareras, muy sonrientes y sexys. Mi primera copa en la barra. De repente un silencio. Las luces se atenuaron. Las cabezas se giraban al unísono. Comenzó una música. Decidí echar un vistazo a mi espalda. Dios...
Un pequeño escenario con una barra metálica en el centro estaba iluminada por un potente foco cenital. Luz blanca. Una pedazo de hembra irrumpe sensual, con movimientos lentos, pausados, exhibiéndose. Un traje de cuero negro ajustado a unas curvas prominentes. Una máscara cubría su rostro. Larga melena negra recogida en una cola que le llegaba a la cintura. Botas hasta las rodillas, tacones de aguja y portando un látigo. Sin duda el sueño fetiche de cualquier aficionado al sado, al cuero negro y a las mujeres.
Me puse cómodo. Pedí otra copa. La música seguía el ritmo de sus movimientos, o al revés. Da igual. Nadie podía dejar de mirar. Sabía captar la atención. Poco a poco se fue desprendiendo de sus escasas vestiduras. Muchas cremalleras que daban juego. Desde el suelo a la barra, giros, piernas arriba, abiertas, de espaldas. Caminando como una gatita. Sólo le quedaba puesto un ajustado sostén que evidenciaba dos senos prietos y proporcionados. Sus caderas amplias dejaban paso a unas piernas largas y fuertes. Muslos duros.
No podía dejar de mirarla. Solo mirar. Un hilo de baba debía asomar por la comisura de mi boca. Inevitable. Sin buscarlo. El espectáculo terminó con ella desnuda de cintura arriba pero tapándose de soslayo. Dejando entrever lo que todos queríamos. Pero sólo una sugerencia fugaz. Lo demás quedó al descubierto hacia el escenario. Las luces volvieron a resurgir y el mutismo de los espectadores se rompió, todos reían y comentaban, dándose golpes con el codo mientras bebían.
Yo me marché. Me quedé perplejo. Un espectáculo impresionante, sensual, femenino...
Necesitaba rememorarlo entre sueños.
Llegué a casa y cuando estaba abriendo la puerta escuché a alguien que se acercaba. Unos tacones retumbaban secos en el rellano.
-Hola doctor. Soy Bettie Page. ¿Me podría atender? Ya sé que no es horario de visita de pacientes. Pero no puedo esperar, tengo una urgencia. Seré breve.
Ella, una mujer alta, poderosa en su escote, generosa en su porte, de larga melena y pronunciada silueta. Me pilló descolocado.
-Pase, si es tan amable.
Encendí las luces, me quité el abrigo, puse dos copas y me senté ante mi escritorio.
-Dígame. En qué puedo ayudarla.
-Tengo miedo.
-¿A qué, exactamente?
-A mi aparición en las pantallas.
- Creo recordar que pronto se iba a estrenar una película sobre su vida, una biopic. Bien. Su estado no debe preocuparle. Una mujer de su garbo y atrevimiento no debería sentir miedo. Su vida es muy interesante, fue un verdadero icono sexual, muchos hombres soñaron con usted y vivieron una etapa de sus vidas observando sus fotos colgadas de la pared. La polémica que suscitó entonces fue mucho más dura de soportar que el simple temor a un estreno.
-Es que ha pasado mucho tiempo y no sé si después de tantos años le interesaré a alquien. Ahora están otras como Jennifer López que son las que gustan.
Ciertamente se la ve preocupada. Se frota las manos, su mirada inquieta, sus piernas no dejan de moverse. Pero en cada movimiento se aprecia sensualidad, sabe moverse, sabe mirar, sabe dejarse mirar...
-Es usted una mujer de armas tomar, bella, muy atractiva y adelantada a su tiempo. Ahora el público está suficientemente preparado para entenderla. Verá como sus fotografías vuelven a resucitar y a aparecer en todos los medios de comunicación. Su película la resurgirá en este tiempo para contar lo que pasó y rememorar otra época. Distinta pero teniendo en cuenta que son los EEUU, la polémica de sus fotografías puede estar de nuevo dentro de polémica (y más con el gobierno Bush). Políticamente incorrectas. Eso gusta. Crea críticas y comentarios a doquier. Anímese. Si le parece, volvemos a vernos tras el estreno y ya me cuenta. Y si empeora me visita en cualquier momento (como hoy) y buscaremos otra solución. Pero no tema, no piense en lo que se aproxime y dedíquese a cuidarse y ser quien es. Demuéstrelo a todo el mundo.
-Gracias doctor. Lo intentaré.
Se levantó y su perfume me llegó como una brisa fresca y sofisticada. Sus labios carmesí sobresalían en su palidez. Una belleza singular. De calendario. Pero interesante. Como la gatita encuerada que me embrujó mientras bailaba. Hoy soñaré con ella. O con las dos.

25 ene 2006

Inspector Clouseau


Hoy me siento mucho más desahogado. Liberado. Descargado. Anoche decidí subir al Séptimo Cielo, en vez de descender al infierno como es habitual. Gracias a la generosidad de la señorita Tramell cancelé mi deuda pendiente con mi casera (no tuve que verla, sólo le eché el dinero por debajo de la puerta) y como hacía tanto tiempo que no tenía esa cantidad de dinero en el bolsillo decidí pensar bien en qué lo iba a invertir.
La presión genital seguía ahí y no me dejaba meditar. Así que decidí atenderla y saldar también esa deuda pendiente.
El Séptimo Cielo es un verdadero paraíso, la entrada es restringida ya que es muy selecto su interior. Después de asearme y mostrar mi mejor cara no tuve problemas en acceder. Todo parecía marchar de perlas. Chicas guapas, mejores tías buenas y zorras espectaculares. El whisky carísimo pero ya que estábamos no pensaba privarme de nada. Además la camarera se dejaba manosear cada vez que me servía y eso es algo que hay que pagar. Cuando ya estaba entonado, mirando de un lado a otro y seleccionando a mi concubina, se me acercó una imponente hembra de ébano: labios gruesos, ojos enormes. Por no hablar de sus medidas. Inmensa en su escote y con unas piernas asomadas a una diminuta faldita púrpura que indicaban un poderío atlético que podría hacerme temblar hasta paralizarme. Se me acercó y con sus labios me rozó el lóbulo de la oreja. Ante semejante invitación no tenía más remedio que dejarme guíar.
No tengo palabras. Una diosa de bronce me tomó. No se cansaba, no paraba... aún tengo dormido mi tren inferior.
Ya satisfecho, sin dinero de nuevo y con más ganas de volver, tengo que recibir a un nuevo paciente: el inspector Clouseau.

Aquí está. Abro la puerta y me encuentro a un gendarme uniformado revolcado en el hueco de la escalera.
-¿Se encuentra bien inspector?
-Por supuesto doctor. ¿Podemos pasar?
Su acento francés y su compostura le delatan. Además esa sonrisa bajo un bigote dibujado sobre sus labios no pueden pertenecer a nadie más.
-Por favor, adelante. ¿Viene acompañado?
Como por arte de magia, tras él una aparición maravillosa. Una hembra imponente, elegante con mirada cautivadora.
-Pasen por favor.
-Doctor, le presento a Xania.
-Encantado señorita. Tomen asiento si son tan amables.
Madre mía. Desprende un aroma sofisticado y racial.
¿Una copa?
-No, gracias. Estoy de servicio. Y ella no bebe.
Parece que la señorita Xania es parca en palabras, pero claro, viendo su presencia me parece que tiene poco que decir.
-¿En qué le puedo ayudar inspector? Acaso nervioso por su regreso a las pantallas. El estreno es inminente creo.
-Bueno... no sabría como definirlo, no sé si son nervios o simplemente miedo al regreso.
-Es normal. Suelen acudir aquí muchos como usted. Las sagas cinematográficas crean estrés en sus protagonistas. Si además añadimos que hace bastante años de su última aparición, tenemos un cuadro típico y sintomático del cine actual.
-Pero... doctor, es más bien miedo a no estar a la altura. Tengo un nuevo rostro, que además no me gusta y las generaciones de hoy son más críticas y duras con los personajes como yo que en otro tiempo.
-Mire inspector: sólo puede hacer una cosa y es comprobarlo. Si ha regresado, no es sólo por que a unos productores sin ideas originales se les ha antojado resucitarle, si no también por que hay una legión de seguidores del inspector Clouseau. Es uno de los personajes que más simpatías ha provocado durante muchos años, el humor que tiene es atemporal, siempre gusta. Su torpeza, su despiste y sus investigaciones seguro que vuelven a provocar risas interminables en las salas de cine.
Siento que me estoy explayando pero tengo que convencerle como sea ya que su personaje nunca volverá a ser lo que era (y sobre todo como era).
-Además inspector, le puedo asegurar que con la campaña publicitaria y la espectación generada tendrá el éxito asegurado. Incluso puede que tenga que repetir pronto otra nueva historia.
Ella calla, observa, mira y sonríe. Es bella. Y lo sabe.
-Tómelo por el lado bueno. Tiene una acompañante que bien merece la pena el riesgo. No es fácil toparse con una compañía tan espectacular.
Un silencio prolongado fue seguido de un cruce mutuo de miradas. Xania se levanta, coge del brazo al inspector y se despide con un gesto:
-Gracias doctor por el halago.
El inspector Clouseau me mira:
-Tiene usted razón doctor. Me acompañan en la película unos personajes magníficos, no puede salir mal. Nos tenemos que marchar, nuestras obligaciones nos llaman. El estreno se acerca.
-Mucha suerte inspector. Hasta la vista señorita Xania. Espero volver a verlos pero no aquí. Será buena señal.
Ambos se marchan decididos. El inspector se gira para despedirse y se golpea contra el la puerta. Xania le ayuda a reponerse y se marchan.
Bueno, necesito un trago. Uno se siente bien cuando hace bien su trabajo. Y cuando sales del Séptimo Cielo.