
En tierra de nadie, en esa intangible frontera que separa Estados Unidos y Méjico, y no queda muy claro que terreno pertenece a quien, hay un capitán de la policía que vela por su seguridad. Se trata de Hank Quinlan, que también se mueve entre la débil separación del bien y del mal, por encima de leyes, éticas y, donde la justicia, es el único fin. Quinlan no duda, para ejercerla, urdir toda clase de comportamientos turbios, coercitivos y manipuladores para dar caza al criminal. Su intuición es su mejor arma y su naturaleza corrupta está tocada por el diablo. Aún así, nadie duda de su capacidad e implacable efectividad para mantener firme un territorio fronterizo repleto de mafiosos y delincuentes de toda calaña. Ni nadie osa cuestionar sus procedimientos.
Quinlan sostiene un puro en la comisura de la boca, lo que hace, junto con su mirada profunda, que su enorme imagen quede envuelta en humo, y ello le confiera una presencia imponente. Con la piel húmeda de sudor y enfundado en un traje inmenso, Quinlan se mueve cojeando, con lentitud, ralentizado, con precisión, ahorrando la energía para momentos realmente necesarios. La corbata cae sobre su orondo vientre. El sombrero calado en su enorme cabeza. La pistola se intuye tras la chaqueta. Con voz profunda me invita a sentarme, mientras el único sonido que nos rodea es el zumbido de varios ventiladores.
Estamos en un bar tranquilo, dentro de su jurisdicción y por lo tanto libre de posibles amigos de la fechoría. Su figura robusta y desaliñada produce cierta repugnancia, pero impone gran respeto. Nos sirven una botella de whisky y dos vasos. No sé como comenzar, qué comentario realizar para iniciar la conversación. Resulta complicado tener las ideas claras en un ambiente tan sórdido y caluroso.
–Capitán Quinlan: dicen por ahí que utiliza métodos impropios de un defensor de la ley, ¿es cierto?
–A veces. La justicia es necesaria aplicarla siempre, independientemente de la forma de conseguirla.
–Pero, ¿no siempre tendrá claro que un sospechoso sea el verdadero culpable?
–Mi intuición no falla. Si necesito probar que es culpable se prueba. Con la misma crudeza y falta de piedad con que el criminal intenta quebrantar la ley.
Quinlan bebe a grandes tragos, se recuesta sobre la silla y se seca la frente con un pañuelo. Junto a él, su inseparable bastón parece un sable aguardando paciente su momento. Cuentan que se convirtió en lo que es porque no pudo evitar la muerte de su esposa, lo que se transformó en una obsesión fijada con dolor y, quizá, el motivo que le lleve a actuar así.
Estuvimos charlando algo más, pero Quinlan no quería profundizar en las heridas, esquivaba mis preguntas con sus teorías, doctrinas y su actitud sutilmente arrogante. Escondiendo sus confusas motivaciones y mostrando su asumido rol de defensor del bien. Pero su oscuro pasado le delata y casi no tiene futuro. Quinlan tiene sed de mal. Y dicen por ahí que es un gran detective y un pésimo policía. Los que mejor le conocen, en cambio, afirman que es un hombre excepcional.
Hank Quinlan fue encarnado por Orson Welles en "Sed de Mal" ("Touch of Evil", 1958).