
Hay noches que es mejor olvidar. Sobre todo si la realidad, el sueño y una resaca descomunal se mezclan para hacerte pasar una pesadilla tortuosa. Caes derrotado en la cama y no consigues pegar el ojo. Tras girar varias veces sobre si mismo y convertir las sábanas en un amasijo de tela revuelta, agarras la almohada y te la aplastas en la cara. No hay manera. Un minuto se convierte en una hora. El primer recurso es liquidar media botella de whisky, buscando el influjo del alcohol en las venas, de esa sensación confortable y embriagante que acompaña a un sueño reparador. Pero aun así, no hay forma. Se pierde la sensación de tiempo y el subconsciente empieza a golpear la puerta. Por unos instantes parece que consigues conciliar un pequeño sueño, pero no es seguro. Quizás haya sido un segundo. O una hora. La memoria empieza a naufragar.
Unas luces oníricas empiezan a iluminarlo todo. Un leve sonido, suave pero inquietante, acompaña rítmicamente al lento movimiento de las luces, nebulosas en continua aparición y desaparición. El cuerpo parece haberse quedado inerte, suspendido en el vacío y una extraña sensación entre bienestar e inquietud aparece. De repente, todo el movimiento se acelera y empieza a girar y girar. Aquello parece el centrifugado de una gran lavadora llena de nubes de colores, el sonido se vuelve más agudo y afilado, llegando incluso a ser molesto. Una náusea empieza a asomarse a la garganta. Como si me hubiese caído de una nave espacial en pleno vuelo intergaláctico, viajando en una estrella donde el espacio y el tiempo se confunden. El sudor se adueña de mi cuerpo, que empieza a convulsionarse. No puedo gritar, no puedo ver nada, no me puedo agarrar a nada. Es como una caída libre pero sin gravedad.

De repente, cuando la presión del cerebro estaba a punto de volverme loco y estallarme en mil pedazos, la nube empieza a detenerse. Parece despejarse el horizonte y una sombra humana se va a acercando. No puedo distinguir de quien se trata, pero parece un hombre. Apenas unos segundos después, se hace el vacío. En un lugar oscuro y despejado, tan sólo estamos el extraño hombre y yo. Frente a frente. En un silencio abrumador y casi incómodo.
–Hola doctor. Soy Tom Creo.
–Hola, ¿me conoce?
–Si. Bueno, por referencias. He venido a verle. Necesito ayuda.
–Pero... si esto es un sueño –me miro las manos y casi no me reconozco. Disculpe, estoy algo confundido. Seguro cené alguna seta alucinógena y por eso...
–No se preocupe. Pronto se pasará. Venía a su gabinete porque no me encuentro bien.
–¿Qué le ocurre? Yo tampoco estoy muy fino que digamos. Estaba a punto de vomitar mi propio cerebro.
–Verá doctor. Soy científico y estoy viajando en el tiempo a dos épocas alejadas de la nuestra en busca de una auténtica quimera. Necesito encontrar el árbol de la vida.
–Tom, eso lo buscamos todos. Sólo que algunos nos conformamos con una botella de whisky después de perder el tiempo. Imagino que tendrá algún motivo importante que justifique sus viajes.
–Lo hay, doctor. Necesito salvar a mi amada.
–Vaya, ¡qué mejor motivo!
–En serio. Es algo que me tiene obsesionado y con lo que llevo luchando mucho tiempo. Como sabrá, protagonizo una película, titulada "The Fountain", que lleva mucho tiempo y muchas dificultades encima como para que, ahora, no pueda cumplir mi principal objetivo. Ya es algo que me sobrepasa y se ha convertido en mi única obsesión. Y no puedo evitarlo.
–Ese estado lo conozco bien. Muchos pasan por aquí porque sufren de esa ansiedad, justo antes de un estreno. Pero no debe preocuparse. Si además, se añade un largo periplo desde que se inicia el proyecto hasta que se pueda ver plasmado en la pantalla grande, pues sucede lo que usted sufre. Tómese un descanso. Viajar agota y si además es en el tiempo, debe estar sufriendo un jet-lag de dos pares. Márchese a casa y túmbese. Intente dormir. Una infusión, una ducha relajante y después verá todo con más claridad.
–Pero no puedo detenerme. Es una cuestión de tiempo.
–Por eso mismo. Tómese un tiempo, una pausa, para poder continuar. Además aclarará ideas y conseguirá fuerzas renovadas para continuar.
La oscuridad que nos envolvía comienza a disiparse y de nuevo las nebulosas retoman su danza giratoria. Mi cuerpo parece flotar y Tom Creo esboza un leve amago de sonrisa. Alza su mano y desaparece poco a poco. Su figura se desvanece mientras unas nubes de colores lo terminan de disipar. Parece como se me hubiese teletransportado al interior de un óleo de Van Gogh. Las náuseas ahora son más fuertes y el estómago permanece pegado a la espalda. Tras girar y girar, como una puta noria descontrolada, siento algo frío en los pies. Algo me golpea la cabeza. Estoy mojado. Todo se detiene. Me froto los ojos y cuando los abro me encuentro en la bañera. El agua fría me hace sobresaltarme. Es mi cuarto de baño. Creo que me he quedado dormido en la bañera. Me acerco al espejo. Si. Soy yo. Soy yo y otra puñetera resaca.







































