24 de ago. de 2006

La verdadera historia de Strangelove (I)

Nuestro encuentro en Los Ángeles estuvo regado con buen whisky. Como la ocasión lo merecía. Tanto tiempo sin vernos. Había mucho que contar y que brindar. El bar estaba tranquilo, nos sentamos junto a una ventana y mirábamos de vez en cuando al exterior. Momento de nostalgia en los que recordamos los años que pasamos juntos, muchas aventuras, historias, tropiezos, resacas y hasta mujeres compartidas. Fue una buena época.
White Chocolate pidió otros dos whiskys. Seguía manteniendo esa mirada de ratón desde la primera vez que le vi. Ojos pequeños y nerviosos, siempre atentos. En alerta constante. Es un gran observador, escrutando el entorno incluso bajos los influjos de grandes dosis de alcohol. Mantiene un buen aspecto. Más delgado pero sano. Levantó su copa.
–Brindemos Strangelove: por los viejos tiempos.
Sonaron las copas en el aire y tragamos. Sonreímos. Como en los viejos tiempos.
Steve, que es su verdadero nombre, me salvó la vida. Así es como nos conocimos.

Me encontraba en la habitación de un motel de mala muerte con una fulana. Demasiado borracho para recordar como llegué allí. Bebí demasiado en el night club y alguna me cazó con la guardia baja, supuse. El hecho es que estaba tirado, desnudo encima de una cochambrosa cama mirando como las aspas del ventilador del techo giraban lentamente. Un fuerte olor a basura entraba por la ventana, además de luz de neón que iluminaba de colores la habitación. Ella estaba sentada al borde de la cama mirándome. Una latina mestiza, con buenas tetas. Fumaba y me miraba. No hablaba. Tenía unos billetes atrapados en el tanga. Se levantó y empezó a vestirse. A colocarse un minúsculo vestido ceñido. Encima de la mesita había una botella de whisky y dos vasos sucios. Cuando los vi me entró una náusea que me hizo saltar de la cama. Me arrodillé en el váter y expulsé fuego. Con los ojos turbios pude ver como la fulana se acercó a mi ropa, agarró mi chaqueta, buscó en los bolsillos y cogió mi cartera. Otra arcada y tuve que hundir la cabeza. Después tuve que sumergirme bajo el grifo en busca de agua sanadora. Me sujeté al vano de la puerta mientras me agarraba el estómago con las pocas fuerzas que me quedaban. Ella ya no estaba. Mi cartera tirada encima de la cama. Vacía. Me había desplumado. Me había quitado lo poco que tenía. Eso no lo iba a consentir.

Salté a la calle en su búsqueda. Pronto la encontré en una de las callejuelas próximas. No se ocultaba. Estaba fumando y esperando un nuevo cliente. Pero ella ya había hecho la noche. Dio con un lelo al que le birló todo su dinero. Ni siquiera se escondió la muy furcia. Me encaré con ella, no tanto por el importe sustraído que era una miseria, sin por el descaro y la desfachatez de robarme ante mis propios ojos. Cobró por sus servicios y encima me hurta. Así. Sin más. Con chulería.
La agarré por el brazo increpándola. Le pedí me devolviese mi dinero. Se zafó. Empezó a levantar la voz como si la estuviese acosando.
–Señorita ¿me ha tomado por tonto? Devuélvame mi dinero. Usted ya ha cobrado lo suyo.
Me escupió y gritó más fuerte. Pedía ayuda.
–Si querías más dinero habérmelo pedido, pero no consiento que robes de esa forma tan rastrera.
Silbó con todas su fuerzas. Volvió a silbar. De repente estábamos solos en aquella oscura callejuela. Un par de gorilas de raza negra y tan grandes como dos camiones aparecieron. Sus dientes resplandecían en la oscuridad como perlas. No preguntaron. La zorra me señaló y se apartó. Fue mi sentencia. Dos certeros golpes me tumbaron. Los restantes se sucedieron lentos pero contundentes. La saliva se me volvió un reguero de sangre. Mientras uno me agarraba el otro me castigaba con contundencia. El estómago se me salía por la boca. Casi no veía. No oía nada. Ni siquiera podía gritar como un niño asustado. Sentía que estaba respirando mis últimos momentos. Un haz de luz blanca me terminó de cegar. Un disparo. Dos. Me derrumbé. Era el fin.

Cuando abrí los ojos estaba tumbado con el tronco vendado y la boca tan hinchada que no podía ni mover la lengua para hablar. Él se me acercó y me ofreció un whisky. Era como estar en el cielo. Quizás era el cielo y él mi ángel de la guarda.
–Ha faltado poco amigo. Tuvo suerte de que andara por allí. Bueno eso y de que llevase mi pistola –me dijo con una voz suave mientras mantenía un cigarro entre los labios–. Por cierto me llamo Steve, aunque algunos me llaman White Chocolate.
De fondo estaba sonando Bing Crosby interpretando "Swinging on a star".

Ese fue el comienzo de nuestra amistad. Cuando estaba a punto de estirar la pata, apareció él para salvarme, para devolverme la vida. Después vino una estrecha amistad.